
La música siempre ha estado ahí. No como un decorado, sino como una presencia.
Me veo de niña, sentada junto a mi padre, fascinada por un vinilo girando en un tocadiscos naranja. Ese ligero crujido antes de que llegue el sonido, ese instante suspendido, casi más importante que la propia música. Ya entonces, algo sucedía en la espera, en la percepción.
Muy pronto comprendí, sin ser todavía capaz de expresarlo, que la música no era un único lenguaje. Era una manera de habitar el mundo.
Lo que viene antes
En mi familia, la música nunca fue una práctica aislada. Formaba parte de la vida misma.
Las mujeres y los hombres cantaban, tocaban instrumentos, transmitían saberes. El bendir, la flauta, las voces que se responden. Cantos antiguos, casi como los de los griots, portadores de historia, memoria y tradición.
Recuerdo los cuerpos en movimiento durante las bodas y los bautizos, a mis abuelos cantar y bailar. La música no se escuchaba, se vivía. Probablemente fue ahí donde todo comenzó.
Sin que todavía pudiera formularlo, se estaba convirtiendo en una forma de leer el mundo. Fue ella la que me condujo hacia el periodismo musical, antes de abrirse a la cultura, luego al lifestyle y a la moda.
Antes de nombrar las cosas
Antes incluso de elegir, escuchaba.
Las voces de Oum Kalthoum, Farid El Atrache y Abdel Halim Hafez se instalaban en el espacio con una profundidad casi arquitectónica. Después llegaron Georges Brassens y Jacques Brel, otra manera de decir las cosas, más directa, más encarnada en las palabras.
Y entre ambos mundos, estaba esa música de lo cotidiano, la que no elegimos pero que nos atraviesa, en la radio, en la televisión, en los lugares más comunes.
Lo que circula
Con el tiempo, mi escucha se amplió. Algunas músicas siempre me han conmovido de manera inmediata, casi instintiva, como si hablaran directamente a algo más profundo.
La música china, brasileña, maliense, italiana —especialmente ese pop italiano de melodías atemporales—, la música libanesa y, por supuesto, la egipcia. Lenguas diferentes, ritmos diferentes, pero la misma capacidad de alcanzar lo esencial.
Y sin embargo, muchos de los artistas que más me han marcado son estadounidenses, y a menudo afroamericanos, porque hay en ellos una intensidad, una manera de transformar la experiencia en música que siempre me ha conmovido profundamente.
Los umbrales
De niña, Michael Jackson fue una de esas evidencias.
Primero Billie Jean, después Thriller, visto en directo.
En aquel momento, la música iba más allá del sonido para convertirse en imagen, movimiento y fenómeno.
Más tarde aparecieron otras figuras: Prince, D’Angelo, Bilal, J Dilla… otra escritura, más interior, más libre.
La expresión física
La música también fue algo físico. El hip-hop, con Grandmaster Flash, el breakdance, esa manera de habitar el cuerpo de otro modo.
Y después ciertas energías, como AC/DC por su intensidad bruta, o The Police y The Beach Boys por una alegría inmediata, casi solar.
Más tarde, en la universidad, la noche se impuso como otro territorio. El house, el garage, el techno, con DJs como Laurent Garnier y más adelante Moodymann o Theo Parrish, que nos acompañaban hasta el amanecer.
Lo que permanece
El jazz llegó de otra manera, casi de forma natural. Miles Davis, Charlie Parker y Sarah Vaughan se convirtieron en un espacio interior, en una forma de equilibrio.
Y luego Louis Armstrong.
No sabría decir cuándo lo escuché por primera vez, pero su voz se impuso de inmediato. Una calidez, una humanidad, una manera de transmitir la emoción como una caricia.
Después llegó el neo soul con la misma evidencia. D’Angelo, Erykah Badu, Maxwell y esos sonidos más orgánicos, más habitados. Probablemente la música que más me conmueve.
Con el tiempo, algunos músicos que escuchaba se convirtieron en rostros y después en presencias. Artistas que tuve la suerte de conocer, frecuentar y, en ocasiones, contar entre las personas cercanas a mí, como Rachid Taha, Roy Hargrove, Renée Neuville y otros.
Lo que admiro en ellos va más allá del talento: es su manera de habitar la música.
Ir más allá
Siempre he buscado, escuchado, profundizado.
Los nombres que menciono son conocidos. Pero mi escucha también se construyó en otros lugares, en escenas más discretas, en producciones menos expuestas, allí donde el sonido se piensa de otra manera.
Artistas como Madlib, Floating Points, Theo Parrish, Nujabes, pero también Shabaka Hutchings, Yussef Dayes, Robert Glasper o Kamaal Williams.
Una escucha más exigente, casi una forma de aprender a escuchar de otro modo.
Lo que escapa a las palabras
Con el tiempo comprendí que lo que sentía no era únicamente intuitivo. La música actúa realmente. Activa zonas del cerebro relacionadas con la emoción y la memoria, lo que explica por qué una canción puede hacer resurgir instantáneamente una sensación completa. Influye en el ritmo cardíaco, la respiración y el estrés.
Pero más allá de estos mecanismos, algo sigue siendo inasible. Porque no pasa por el lenguaje, alcanza directamente aquello que, dentro de nosotros, suele permanecer inaccesible. Una zona más silenciosa, más profunda, casi espiritual.
La música no dice.
Revela aquello que no siempre logramos nombrar,
pero que reconocemos de inmediato.
«`htmlPlaylist Maison Chill
Oum Kalthoum — Enta Omri
Una escucha larga, casi meditativa. Ideal para bajar el ritmo, acomodarse y entrar en otra temporalidad.
Louis Armstrong — What a Wonderful World
Una voz que reconforta de inmediato. Para escuchar en momentos de incertidumbre y volver a algo simple y esencial.
Michael Jackson — Billie Jean
Una energía precisa, casi hipnótica. Perfecta para recuperar la concentración y la presencia.
D’Angelo — Untitled (How Does It Feel)
Una textura lenta y envolvente. Para escuchar cuando se necesita reconectar con las propias sensaciones.
Floating Points — Silhouettes
Una construcción más contemporánea, entre el jazz y la electrónica. Ideal para aislarse, reflexionar o simplemente dejarse llevar.